Ilusión de una esperanza
La noche del 2 de julio del 2000, Vicente Fox se convirtió en un héroe popular y nacional. Por fin, más que un partido, un hombre había logrado la hazaña: la todopoderosa maquinaria del PRI había sido derrotada en la presidencia. El final de la dictadura perfecta había llegado. El golpe fue tan duro que muchas voces declararon la muerte del gran dinosaurio de México. Allí estaba el animal tendido en el suelo, inerte, con la estocada foxiana clavada en un costado. Nadie sospechaba lo que ocurriría tan sólo doce años más tarde.
En la mañana del 1 de diciembre del 2000 Fox encomendaba sus pasos a la virgen de Guadalupe, y por la tarde hacía oficial su ascensión al poder, y con ello se arraigaba la esperanza de millones de mexicanos que creyeron que por fin un cambio positivo había llegado.
Vicente Fox consideró tarea fácil borrar de la memoria siete décadas de gobiernos priistas, pero olvidó que el priismo es, según Carlos Monsiváis, parte de la identidad nacional del mexicano.
El gobierno de Fox necesitaba dejar una huella profunda que permitiera a su partido continuar en el poder. Hubo varios cambios, como por ejemplo una mayor libertad de expresión en los medios de comunicación, y estabilidad en términos macroeconómicos, pero el gran cambio nunca llegó. Los problemas históricos como la pobreza, la inseguridad, el desempleo y la corrupción siguieron su curso normal.
No pasó mucho tiempo antes de que los ciudadanos terminaran aceptando que el gran cambio que Fox prometió jamás llegaría. Y si en 2006 el PAN retuvo la presidencia con Felipe Calderón, fue porque los electores le dieron una segunda oportunidad y, principalmente, por el temor de la instauración del socialismo si llegaba al poder el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador.
Con Felipe Calderón las cosas no empezaron bien, pues habiendo vivido la elección más reñida de la historia, la sociedad quedó polarizada en dos bandos, y la sombra de fraude electoral quedó insertada en millones de votantes.
La reacción de protesta de López Obrador, un plantón en una de las principales avenidas de la capital, ante una elección, según él, fraudulenta, fue crucial para que en 2012 Obrador perdiera la elección presidencial por segunda ocasión al hilo.
No pocos analistas consideran que la decisión de Felipe Calderón de iniciar una guerra contra los cárteles de drogas fue meramente una justificación para obtener la aprobación de la sociedad y limpiar su imagen en la elección de la que resultó electo. Aquella decisión terminó convertida en una soga al cuello para el sexenio calderonista.
Nostalgia por el pasado
Monsiváis advirtió que una guerra frontal sin una estrategia integral era un salto al vacío. Nada lejos de la verdad. Aunque no se cansó de pregonar a los cuatro vientos a lo largo de su administración, que la lucha era por el bienestar y seguridad de las familias mexicanas, Felipe Calderón llegó al final de su mandato sin la aprobación de los mexicanos. El poco prestigio heredado de Fox, Calderón lo dilapidó demasiado rápido. Si acaso, lo que cosechó Calderón con su guerra fue una falsa victoria.
De pronto, casi mágicamente, la nostalgia empezó a brotar en muchos lados. Los adultos empezaron a recordar tiempos pasados y las comparaciones se hicieron inevitables. Recordaron que en tiempos priistas había paz y orden en la vida pública, y desorden y cadáveres en las calles causadas por una guerra del gobierno panista. Que el poder adquisitivo era mejor en el pasado, cuando adquirir productos de la canasta básica costaban más baratos que en la actualidad. Recordaron que el PRI creó las grandes instituciones como la UNAM, el IPN, la SEP, el IMSS, el ISSTE, PEMEX, CFE, mientras que el PAN no hizo nada. Gracias al PRI, recordaron envueltos en un aire de melancolía y tristeza, el país es lo que es. ¿Para eso elegimos al PAN, para estar peor que antes? En fin, dijeron, qué tiempos aquellos, no como los de ahora. Uno como quiera, ¿pero y los niños?
Aquella nostalgia por el pasado explica en gran medida el regreso del PRI al poder e hizo olvidar su lado oscuro. Ya no importaba si en la era priista ocurrieron represiones y asesinatos contra los opositores al régimen; quedaron en el olvido las crisis económicas sucesivas, que hundieron a los pobres en abismos más profundos; quedó en el olvido que en la era priista el país jamás pudo quitarse la etiqueta de tercermundista. Los nostálgicos decidieron olvidar que la corrupción, la pobreza, la injustica, la inseguridad y el atraso económico, fueron la gran herencia del PRI al país.
Quienes en el 2000 quitaron el poder al PRI, en 2012 pedían su regreso. El PRI, por supuesto, no dejaría escapar esta bandeja de plata colada en frente suyo. El partido destructor que hundió al país durante setenta años, ahora se presentaba como el salvador, el gran benefactor, el que sí es capaz de gobernar y resolver los problemas que el PAN no pudo. No podía ser más kafkiano.
2012, año electoral en México, y cabalístico, según algunos profetas mayas. Calderón y el PAN se fueron. Al paso de los años la gente recordará los 60,000 muertos que dejó su guerra contra los narcos.
Un viejo partido que supo acomodar astutamente sus viejas artimañas a los tiempos modernos, aparentando un partido nuevo y renovado, mezclado con un político joven con atractivo físico que se convirtió en un imán de votos en todos los sectores de la sociedad, que coincidieron con la fallida guerra calderonista y con la presencia desprestigiada de López Obrador, allanaron el camino para el retorno de lo que se suponía no ocurriría en un largo plazo.
Ante la desilusión pronta de los votantes por los gobiernos panistas, la ciudadanía decidió, increíblemente, viajar nuevamente al pasado.
El regreso del PRI
Si en el 2000 la mayoría votó en rechazo al PRI, en el 2012 el voto fue contra el PAN. El 1 de julio del 2012 Enrique Peña Nieto ganaba la elección presidencial en México. El dinosaurio estuvo ausente por doce años, pero nunca murió. Ahora nadie sabe por cuántos años estará en el poder.
Con el retorno del PRI al poder, la sociedad otra vez está dividida. Para una parte de ella es una desgracia nacional, un retroceso a los tiempos de crisis económicas y de autoritarismo. Para ellos, México está de luto. Para esa parte de la sociedad, el PRI compró los votos de los electores. El regreso del PRI no es para celebrar.
Para el otro grupo, el que votó por Peña Nieto, poco o nada importa si el presidente en su vida ha leído tres libros completos, porque a fin de cuentas le rodea un nutrido grupo de asesores, quienes le ayudan en la toma de decisiones. Aquí solo importa la juventud y el ímpetu del nuevo mandatario, no importando que las maquilladas políticas públicas de Enrique Peña representan al antiguo PRI.
Mientras millones de seguidores aplaudirán las acciones del presidente, sus críticos, que no alcanzan a entender por qué se volvió a elegir al PRI en una especie de masoquismo colectivo, estarán vigilando cada uno de sus pasos, siempre pendientes ante cada resbalón y gritar que fue un error haberlo elegido.
Corresponderá a los opositores como Andrés Manuel López Obrador, el movimiento estudiantil Yo soy 132 y todo ciudadano, ejercer una postura crítica sobre el actuar del mandatario. A ellos toca también aprender de sus propios errores del pasado, para no repetirlos en la próxima elección en 2018: divididos será imposible arrebatar al PRI la presidencia.
